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LA NOVIA FEA: LA INDIGNANTE DECISION DE LA ALTA CORTE

LA NOVIA FEA: LA INDIGNANTE DECISIÓN DE LA ALTA CORTE.[i]

Por: Arturo Arbeláez Cano, para La Patria

Dicen las paredes: “una dosis es mucho, mil dosis son insuficientes…”

Quienes afirman que la legislación moderna en materia de uso de drogas permite definir quién es el inocente o el culpable en la cadena criminal del narcotráfico, cae en el más descarado reduccionismo científico.

Ese es un jurista cándido, un legislador de pacotilla, un despistado más que está lejos de comprender el complejo tejido delincuencial y de corrupción rampante que hoy hace cada vez más difícil el tránsito de la sociedad por el verdadero camino de la dignidad humana.

Son los mismos que afirman con indiferencia que cada uno viva feliz, siempre y cuando, en su campana de cristal, no ocurran las tragedias.

El joven que porta su dosis aumentada, que consume un poco más que ayer, el adicto, el enfermo, el que avanza sin dificultad por el hueco de la fatalidad y de la negación de sí mismo en sus vuelos fantásticos pero fugaces, no se escapa de la siniestra cadena de ilegalidad y destrucción y de los dramáticos efectos colaterales del negocio macabro de la droga. No es un caso policial en sí mismo, estoy de acuerdo, pero si está vinculado a la red del delito que es lo que tenemos que hacerle entender a nuestros jóvenes. Explicarles el riesgo al que se ven sometidos por quienes necesitan vender más y ganar más, ya sea generando consumo o manipulando la calidad.

Ese joven de 8 o 28 años que se ha convertido en el sustrato de donde se alimenta la maraña de implacables depredadores del vicio y la necesidad creada (narcotraficantes), están incorporados, gústeles o no, a ese ejercito de maldad; arrastrando, en la mayoría de los casos, a sus familias, a sus amigos, a la sociedad en su conjunto, al medio ambiente (si es que todavía queda medio).

Todos estamos montados en el mismo barco, cada vez más próximo al abismo del desencanto, de la frustración, del odio, del caos. Padecemos la inseguridad cotidiana, la vergüenza de estar parados frente a las aberrantes desigualdades gracias a un sistema complaciente y, por qué no, incompetente. Los barrios marginales, las zonas subnormales, las ollas, las galerías, el parque la gotera, el jardín de Freud, el jardín de las delicias, etc., todos estos,  como elementos estructurantes de un paisaje natural, aceptado y tristemente justificado muchas veces, trátese de las grandes ciudades o de ciudades intermedias o de campus educativos en donde avanzan sin reparos las redes de distribuidores inclementes.

Las estadísticas son elocuentes: el consumo aumenta vertiginosamente, desciende la edad de los muchachos que ingresan más tempranamente al círculo del vicio. Los narcotraficantes proliferan y prosperan sin que hoy puedan clasificarse en micros, macros o jíbaros. Todos cargan con su propio “pecado” el de ser los multiplicadores del Marketing del holocausto.

 

¿Qué hacer con estas disque “modernas” legislaciones? Preguntan los rectores de los colegios de educación media. Los de las universidades, donde los reglamentos están castrados por las contradicciones del derecho y el deber.

¿Qué hacer con estas disque “modernas” legislaciones? Preguntan los padres de familia, las madres cabeza de hogar, los familiares, los amigos y demás allegados que resisten con rabia e impotencia el vértigo de sus hijos por salir a consumir; que esperan con tristeza el momento para  poder rescatarlos de las redes del vicio, de las calles sórdidas y oscuras o de un antro nauseabundo. De esperar impacientes el retorno del hijo para volver a empezar un ciclo de dolor, de reproches, de culpas, de agresiones, de zozobra, de miedo, de terapias de choque, de desintoxicación y quizás de un  rescate definitivo, que es lo que siempre se desea pero que en pocos casos se consigue.

Se vienen adelantando por los entes policiales operativos efectivos, desmantelando redes delincuenciales que nos llenan de esperanza, pero retrocedemos en la prevención cuando se permite el porte de dosis mayores incrementando este negocio perverso.

¿Entendemos qué es prevenir? Yo creo que es disminuir cada vez más la dosis mínima, hasta que el adicto no la necesite y podamos separarlo del círculo delincuencial e incorporarlo a actividades deportivas, culturales, recreativas. Pero eso necesita presupuestos consistentes en manos de ejecutores trasparentes.

Si nos convencen que el problema de las drogas no es un problema del derecho penal si no del sistema de salud, estarán responsabilizándonos de un mal que padecemos todos, y serán los recursos económicos con que cuente el sistema, y cada víctima, los culpables, por cuanto esos recursos son escasos o inexistentes.

En este caso particular, en el que con razón se genera tanta discusión, el leguleyo de turno dio un golpe de astucia, defendiendo a los traficantes que siempre tendrán la defensa de alegar su propia adicción (pero por el dinero). Lo único claro es que el soldado violó la ley portando una cantidad no permitida. Quizás esté cantando victoria gracias a la candidez del legislador o al “esguince” jurídico del defensor. Averígüelo Vargas.

[1] A propósito del fallo de la Corte Suprema de Justicia en proceso contra soldado en posesión de más del doble de la dosis mínima (Diario El Tiempo 14 de Marzo de 2016).

– “A mi mamá no le gusta mi novia… pero yo estoy tragado y no la puedo dejar” – dicen en la calle los  muchachos.

OH BOY ‘PELÍCULA ALEMANA 2012

ANOTACIONES A PIE DE PELÍCULA

TITULO: OH BOY

DIRECTOR: JAN OLE GESTER

PAIS: ALEMANIA

AÑO: 2012

Sumatoria de claves con las que pretendemos explicar la complejidad de una relación existencial individual con una sociedad evolucionada hacia el absurdo y la ironía.

Es el desencanto del individuo frente a los formalismos de un mundo cotidiano en el que no existen discursos coherentes que expliquen y definan el sentido de la existencia.

Claudicación premeditada frente a un sistema que condiciona el comportamiento del sujeto, alienándolo y sometiéndolo al giro interminable de lo rutinario y lo esquizoide. Hay una enfermedad del ser que se manifiesta en el ejercicio de la melancolía, del desapego de la indolencia, de la indiferencia. El individuo esta desorientado, no encuentra el sentido ni la magnitud ni la dirección.

Es una sumatoria de acontecimientos que explican lo imposible porque no hay historia que contar. La película es la narrativa de una reflexión ontológica.

Primera escena: post amor. El desencuentro de la pareja al final de un encuentro del que no se pretende reconocer ni dejar vínculo o memoria. Desprendimiento, y en el fondo unos sentimientos contenidos. El amor queda en suspenso.

Segunda: el café es un imposible y, a su vez, justificación y pretexto hilarante para dejar fluir los acontecimientos inopinados que padece el personaje, quien aún para cuestiones tan simples, como la de proveerse una taza de café, encuentra los más sutiles obstáculos.

Tercera: el habitante de calle, vencido por la miseria, dispensa sus recontadas monedas para que nuestro personaje pueda completar los cuatro euros que le cuesta el café colombiano en una tienda de franquicia, donde no vale sino el código y la usura, dejando en evidencia como un desamparado depende de otro desamparado.

Él es objeto de la economía de mercado que lo ubica en una escala de poder, confirmándole que más allá de su propia miseria lo espera la frustración y el miedo. El habitante de calle ni se entera de los males ajenos pero la sociedad hace ejercicios aplicando la norma en el metro y en las calles de la ciudad gótica y variopinta: un Berlín desdibujado, melancólico y opresivo.

La música no detiene su tránsito a lo largo de la película, ella mantiene un ritmo narrativo que nos permite disfrutar del sarcasmo y la ironía de acontecimientos aparentemente aislados pero integrados en una experiencia visual y conceptual. La trompeta asordinada y la percusión rasgada le da sonoridad al curso de la vida. Como en el Jazz, con sus teclas en blanco y negro, la ciudad se convierte en punto de encuentros y desencuentros.

Se confirma la ruptura de los lazos filiales y la aparición de la psicosis en personajes hibridados que deambulan por las calles y los bares de mala muerte buscando la excepcionalidad o el exotismo de una modernidad atropellada.

La tragedia y las obsesiones encarnadas en el vecino que le persigue en su intimidad y que, a su vez, le descubre las suyas propias. Sensaciones y emociones para un escenario duro y frio. El cáncer y sus daños colaterales obrando en la tristeza de quien se refugia en el futbolín o el alcohol para disipar sus penas.

Y sigue la cinta ahondando en esa gran pregunta que nadie se hace: ni el actor del Reich, ni el dramaturgo dirigiendo un teatro del absurdo ni la actriz que no se convence del sentido que tiene su rol en el escenario. Todos perdidos, errando por los vericuetos de lo inexplicable o del significado de los acontecimientos.

Hay momentos que hacen aterrizar a nuestro personaje. Son momentos estelares de reencuentro con el prístino amor. La abuela, ignorando las maniobras comerciales de su nieto, pero disfrutando el placer y el confort de una silla reclinable, totalmente automatizada, le permite a Niko un regreso a la infancia por cuenta de la dulzura maternal de la anciana que insiste en mitigar su sed o su hambre.

Son muchas las claves, pero no se descifra aún el acertijo. Ellas siguen su rumbo caprichoso. Es un mundo en conflicto. Es un conflicto personal, individual, íntimo. Cuál el sentido, la dirección, la magnitud. Somos ese vector que define la vida? El éxito o el fracaso? ¿Estamos signados por la razón o exentos de la locura?

Dicen las paredes: “El que no sabe para donde va… seguramente llegará a otra parte”. Esa la sentencia que confirma el viejo, en una de las últimas escenas en el bar, cuando obstinadamente explica lo inexplicable y confirma esa angustia existencial que padecen los que comienzan a transitar por la vida adulta y que también padecieron los que hoy están de salida, con los brazos cruzados, esperando que Dios haga de las suyas.

Es una gran lección, pedagogía pura, acopio de elementos críticos para la construcción de pensamiento reflexivo y para la interpretación de la modernidad.

Crispetas para todos.

Carlos Arturo Arbelaez Cano

EL CAMINO

Para: Waira Caminante-La poética del caminar U.N. de Col.-Manizales 2017

 

El camino se abre como un libro de fuego

calcinando la tediosa presencia de las horas

con su tic tac cansino y desgastado:

es una cita más, impostergable.

 

En el libro los trazos, las letras, las grafías

son las claves que orbitan los asombros.

Su rumbo y el brillo de sus márgenes, alinderan el paso.

Es por esos recodos, donde se abre el paisaje

y el aire, con su carga de aromas y de efluvios.

 

Los guijarros que crujen bajo el fragor del paso,

se suman al eterno tejido de las huellas

con la trama indeleble de lluvias y ventiscas

que aligeran angustias cotidianas.

 

Se abandonan palabras condenadas,

y el silencio libera de los padecimientos.

Es ahora el lenguaje de los signos

ignorando la lógica de las formalidades.

 

Toda suerte de angustias se disipan

frente a la intensidad de los senderos;

la montaña y la noche te guardan un reposo

entre cada capítulo del libro que prospera.

El camino se estira en espiral de albores y de ocasos

circunvalando tantos puntos finales y partidas,

murmurando las voces de un retorno a la vida

como un diálogo de creaturas sagradas.

 

El camino y el libro son la reiteración de la memoria.

El camino y el libro se alternan en la ruta

para explorar en ti las emociones:

el libro surte sombras al camino,

el camino alumbra las palabras.

 

Son sabia nutritiva, matriz cósmica,

Son esa vía láctea de encuentro y desencuentro,

donde los elementos con sus azotes minan

agotando las fuerzas y acopiando intenciones.

 

El reloj cabecea su ciclo impenitente

marcando los segundos del cosmos y del hombre.

El camino es el viento, la lluvia y el glaciar

En cuyas cumbres reina la blancura sin mácula.

 

En las gélidas cimas, como los alquimistas,

la soledad hornea su purificación:

no hay nada putrefacto: solamente la nieve

merece mi silencio y mi ceguera,

mi loca conmoción y mi tristeza.

 

El camino es la ruta de la vida,

Quien se vara se queda a padecer

un tiempo transitorio e inclemente.

La historia se detiene inconclusa, imperfecta

reclamando recuerdos y promesas…

La historia te reclama los pasos,

la construcción de un libro… de un camino.

Escríbelo… transítalo… cincelando sus rutas.

 

FIN

 

Por: Carlos Arturo Arbelaez Cano

Manizales, mayo de 201

DIATRIBAS INOFENSIVAS por: Carlos A. Arbelaez Cano

COLOMBIA: DEL DESARROLLO A LA DECADENCIA

“La economía es una ciencia lúgubre” (T. Carlyle). Pongo esta cita a propósito de tantos guarismos con los que quieren convencernos los estadistas y tecnócratas al culminar los períodos de cada administración y después de tantas décadas de gobernantes venales y corrompidos. Décadas que seguirán marcando la caída vertiginosa de un país hacia la decadencia.

No podrán nunca entender la pobreza y la miseria de los pueblos, quienes desde sus casas de cristal pretenden ejercer la función pública. Nadie nacido en medio de las riquezas materiales y el boato, podrá jamás entender el significado de carencia, pobreza, miseria, desamparo, frustración, exclusión y violencia. Cualquier político sabrá dónde pueden desaparecerse 69.000 millones de pesos (por solo citar una cifra ya obsoleta) pero los pobres no tendrán nunca un misero cuartucho dónde puedan esconder tanto dinero; por eso, no son los pobres los que puedan dar razón de la corruptela afincada en lo más profundo de la avaricia del poder. Pero si serán ellos (los pobres) quienes carguen con los costos sociales que les heredan los saqueadores del erario público.

Estos son los sentimientos de muchos colombianos humillados y ofendidos, invisibles y anónimos en sus tragedias, que se quedan estupefactos ante tanto cinismo, ante tanta mentira, ante tanta sordidez acunada en las intenciones de nuestros “padres putativos de la patria”, enseñados a brindar con champán Laurent Perrier y a usufructuar los lujos y la riqueza mal habida en donde todos los demás son invisibles.

Tantos recursos naturales, tanta diversidad, tanto territorio, pero tan poca sociedad. Tanto tiempo perdido por la rapiña de los privilegiados desde los días de la primera independencia y la Patria Boba; tanta violencia y tanta pugnacidad de europeos, criollos y mestizos, amén de la barbarie y la ignominia de la conquista y la colonia, no posibilitó la construcción de una sociedad de intereses comunes. No pudo darle forma a proyectos compartidos o a aspiraciones colectivas que permitieran construir sociedad para que, desde esa sociedad, surgieran los ideales del desarrollo integral y sustentable.

No hay sociedad, sino un extenso conteo de bajas en combate y fuera de él, gracias a las históricas guerras sucedidas desde tiempos remotos en esta patria de nadie y de todos. Pareciera que fueran muchos los motivos invocados por el conflicto interno y “eterno” pero son contables, en los dedos de una sola mano, los motivos de la hecatombe. No hay una sociedad, hay un crisol de castas o sectores sumidos en una confrontación desigual de privilegiados y menesterosos, dando como resultado un hervidero de frustraciones, de abusos, de agresiones: unos y otros, en mayor o menor grado, impulsados en el carrusel de la indiferencia, de la maldad y de la mezquindad. Esta es una sociedad amañada en la anarquía, justificada en la corrupción y convocada al caos por una modernidad de pantomima y un desarrollo de inequidad si se miran con rigor las cifras y los guarismos, ya no de los economistas del desarrollismo, sino de los ríos de desamparados que pululan en las calles y en las avenidas de ciudades que avanzan sin ellos. Invisibilizados a ultranza pero acechandos desde sus covachas o desde la oscuridad de sus guaridas o desde su alucinado aislamiento.

Por eso hay quienes hablan de “zoo-ciedad”. Porque nos movemos como bestias intentando un espacio de sobrevivencia. Los privilegiados empujados por la inseguridad y la revancha, conminados en sus “guetos loft” o en sus islas paradisíacas, también la clase media, camino al deterioro de sus estándares de vida, también los menesterosos rechazando una segunda muda de ropa que les tira la caridad pública entronizada en este país de emergencias, porque no tienen dónde guardarla de repuesto. Todos reaccionando con la virulencia más indigna ante el fragor de una cotidianidad de gente desencantada, entregada al rebusque en las más nimias e inverosímiles profesiones.

Un país entregado a la rapiña de propios y extraños, de quienes tengan más poder armado o más poder de intriga y componenda. Los servicios públicos en manos de gordas multinacionales que abusan y conminan a las leyes de un mercado antropofágico las bases de una sociedad que se atropella entre sí para abrirse camino en una lucha por sobrevivir.

La gobernabilidad y la justicia en entredicho. Quién puede gobernar un país que transitó de la ilegalidad al cinismo más rampante, donde la fuerza de una economía de mercado sustituye lo que le da vigencia y razón de ser al Estado. Un Estado que desconoce los tres pilares que lo justificarían: la eficacia, la legitimidad y la estabilidad.

Seguimos asistiendo a un escenario de frustraciones y desasosiegos por la falta de seguridad. De seguridad en el mañana, de seguridad en el porvenir, en un inmediato futuro, en un mediano futuro y mucho menos en un (optimista) lejano tiempo de vejez y digna capitulación mortal. Vean este río de huesos, este río de sangre, este río de miseria que a su paso arrastra la dignidad de un país al estercolero de la infamia y la muerte moral. Vean estas calles del desamparo por donde vocifera su odio la masa de a pie en la rapiña por la subsistencia. Qué dignidad les puede quedar a quienes se hartan de la ostentación, del consumismo y de la acumulación, y qué dignidad les puede quedar a quienes se lanzan al rebusque desesperado (las grandes mayorías) en esta jungla de cemento que anuncia y promueve, con sus carteles de neón, el placer de la modernidad y las tecnologías. Un centralismo aborrecible, convierte a las pocas ciudades en verdaderos hervideros de la indecencia y la barbarie. Densidades de población para las cuales no se puede imponer un orden social por cuanto no se hizo primero una planeación urbana. Algo así como que las normas son imposibles de cumplir o aplicar.

Este país no puede aspirar al progreso y al desarrollo, entendidos en los términos del tecnicismo burocrático moderno (tecnologías, confort, consumo, educación, comunicación, justicia), porque nuestra evolución histórica está plagada de inequidades, injusticias, segregación, corrupción, improvisación, anarquía, depredación ambiental y ausencia de Estado.

No se puede pasar de la zorra al Subway sin hacer sociedad, sin tener superados los niveles mínimos de pobreza y de necesidades insatisfechas. Y es que esta es una sociedad sin garantías en la que hace curso, desde hace mucho tiempo, la corrupción, la anarquía y el todo vale.

Todo le queda corto a nuestras ciudades. Vías, vivienda, salud, educación, recreación, seguridad y optimismo. Para cada nuevo proyecto de infraestructura aparece desbordada una inmensa avalancha de usuarios que lo convierte en obsoleto e ineficiente al poco tiempo. Y así seguimos actuando para atender emergencias y no para prevenirlas.

Millones de desplazados por las múltiples razones harto conocidas, evidencian la deuda histórica en materia de ordenamiento territorial y planeación del desarrollo. La región Andina y su uso intenso, la herencia hispánica vergonzosa y vergonzante de discriminación y abuso, la concentración en cuatro o cinco ciudades de un proceso de poblamiento indiscriminado y forzoso, confirman las inocuas e inútiles pretensiones de descentralizar un país. Con los millones de desplazados que hoy reclaman alternativas de supervivencia y con los recursos con que hoy se cuenta destinados a asistirlos pero mal administrados, podríamos aprovechar para pensar en reingeniería-país. Un país con un territorio ajustado a la existencia de una sociedad y una sociedad ajustada a un territorio sostenible y sostenido. Podríamos pensar en la formación de una sociedad?

Descentralizar sin revisar los “privilegios” de las grandes ciudades que proclaman algunos tecnócratas de Harvard o el MIT (entre otras escuelas del inventado desarrollo económico) no es hacer patria. Pero quién, en este escenario de mercado antropofágico, de competencia agresiva, de economías de mercado, piensa en “hacer patria”, cuando ese concepto se ha prostituido en la búsqueda incansable del pan diario y en la enfermedad de siempre: la codicia, la ambición y la pasión.

Planificar nuevas ciudades en el piedemonte llanero, generando espacios ordenados donde puedan asentarse todos los actores del proceso económico y participar en la construcción de su hábitat bajo las normas y métodos de la planificación y el ordenamiento territorial, teoría y práctica de la geografía humana moderna que ya tiene larga trayectoria en diferentes partes del mundo, descongestionando los tradicionales y pretendidos centros urbanos de desarrollo que están a punto de reventar.

Necesitamos nuevas ciudades, al menos diez territorios ordenados para poblaciones no mayores a un millón de habitantes, replanteando las fronteras agropecuarias con las tecnologías adecuadas que respeten el medio ambiente y los ecosistemas. Para ello será necesaria la intervención del Estado, que canalice los recursos y ejerza los controles, que formule los planes integrales de desarrollo de servicios y los macroproyectos de ocupación del territorio.

Hace treinta años pude vivenciar los problemas en la región de La Mojana sucreña. Hoy son los mismos y mucho peores si se tiene en cuenta que la desatención de esta zona estratégica es de siglos. Los recursos que se destinan para mitigar los efectos disque de la ola invernal (y la deforestación y las malas practicas en las laderas aguas arriba del Cauca y Magdalena) se pierden o por acción de la corrupción o porque el problema medioambiental ha desbordado la capacidad de intervenir para corregir y solo queda la opción de recuperar y preservar.

Es un problema de explotación intensa de la región andina, sometida desde hace quinientos años a la más inmisericorde sobrexplotación, siendo su geología, procesos erosivos, sismicidad, calidad de los suelos y ecosistemas mucho más vulnerables, frágiles y sensibles.

La Transversal (Multimodal) de la Selva, El Tren Trinacional Transoceánico, centros agropecuarios, refinerías, producción de alimentos, textiles, fundamentalmente la ubicación de una red de empresas de extracción y transformación de bienes básicos y materias primas que generen millones de puestos de trabajo, dejando en los altiplanos de la zona andina (cinco ciudades) un sector terciario de la economía articulado y en red con la nueva “periferia”. Servicios financieros, gobierno, gestión de recursos e intercambios. No podemos seguir cargando una red vial insuficiente, movilizando materias primas, commodities y sus desechos y subproductos que al ser asimilados in situ por una industria de transformación y acondicionamiento ahorraría enorme cantidad de recursos, disminuyendo impactos ambientales y generando riqueza.

La decadencia es posible detenerla. El tema de la reconfiguración territorial y el ordenamiento o planificación del espacio ha sido objeto de mucha reflexión desde la academia pero no desde las ciencias del Estado. No desde la función pública. Y es que cuando de ordenar el territorio se trata, se debe abordar la penosa tarea de desenmascarar a los especuladores del suelo y a quienes ejercen perversas pero ancestrales prácticas de apropiación del territorio colombiano.

Sus comentarios respetuosos a: induarcano@gmail.com

EL RESISTIBLE ASCENSO DE DONALD TRUMP

“EL RESISTIBLE ASCENSO DE DONALD TRUMP”

In memoriam  Bertold Brecht”

 

Al iniciar algo que podría constituirse en una vuelta más de la espiral eterna de la historia, quedamos con un interrogante en la garganta frente a ese resistible nuevo ascenso de otro siniestro personaje a los anales de la historia.

Frente a las pantallas vimos a este figurín de última moda encabezando la pasarela de las vanidades. A cual más acuñando discursos manidos y demagógicos como en las peores épocas del populismo colonialista. Todos esos figurines salpicando de luces y lentejuelas a una multitud de obnubilados. Enceguecidos por el brillo y el destello ordinario del neón y la baratija de una clase usurpadora que pretende representar a la sociedad de nativos americanos.

Todos clamando por ser americanos en una negación de nuestra propia identidad y con una arrogante pretensión de no tener que ver con los millones de inmigrantes famélicos que construyeron, a partir del arribo del Mayflower, con sudor y con sangre, una comunidad variopinta en culturas y sentimientos; no sin antes aplicar, eso sí, la sistemática suerte de exterminio de los verdaderos americanos (cheroquies, cheyennes, seminoles, navajos, etc.).

Todos allá asombrados de su propio cinismo, en ese delirante derroche de glamour, reclamando ser una raza superior. Genuflexos y superficiales, todos prefabricados en las academias del boato, de la tecnocracia y de la miseria emocional. Negando la historia palmaria de sus acciones imperialistas, guerreristas, utilitaristas, xenófobas, que, con el trabajo de los pueblos invadidos, han levantado los imperios del individualismo; ya no tanto de una NACION, sino de sus poderosos dueños. Esto nos confirma que ya no hay ESTADO-NACION del que nos habla Hume, este ahora es un concepto volátil; son las corporaciones las dueñas del poder, de la ley y de la justicia. El estado es una carta escrita sobre un papel indeleble pero mudo.

Fue el derroche profuso del oropel, de la perfidia y de la egolatría, principio y razón de ser de una pretendida raza superior, acaso imbuida por un destino manifiesto, de la que nos dio buena cuenta ya el nefasto personaje fascista parafraseado por el maestro Brecht con su obra de teatro cuyo título aquí utilizo.

Y ni hablar de esa demostración penosa de las hipocresías. Sacamicas y chupamedias,  sonriéndole a sus agresores, a sus propios verdugos, que hacen su trabajo vestidos de frac y cuello blanco con las manos enlodadas por las marrullerias y olorosas a orina y a benjuí, eso sí, de marcas Cocó Chanel, Carolina Herrara o Gucci; los seudo fashionistas del look pero no del alma.

Comienza el showtrump. Los medios tienen aseguradas ganancias incalculables gracias a las extravagancias de este personaje que pretende encarnar a todo el pueblo estadounidense. Correrán ríos de tinta en los tabloides, las revistas del espectáculo, los canales televisivos, las redes, etc., etc., dando cuenta del último berrido de este rostro cruzado por la prepotencia. Mueca esperpéntica, casi diabólica, como lo han visto varios.

Estaremos consumiendo del bazar mediático con este personaje (no de un estadista) y su corte de vasallos y aúlicos, transitando por el límite de los abismos de la incertidumbre y el miedo. Eso sí seguros de que América (Estados Unidos) volverá a ser grande con la imposición de las ya padecidas políticas de “América para los americanos (¿norteamericanos?) y el “Consenso de Washington”.

Estos Drag Queens con sus destellos de superficialidad y de ambigua existencia mantienen ocultas, tras las bambalinas de su grotesca máscarada las miserias de la otra mitad del mundo que ha servido de oxígeno para la reproducción de los verdugos.

El 20 de enero de 2017, comienza la comedia, y como sabemos… la comedia tiene dos caras.

Carlos Arturo Arbelaez Cano

Manizales, 21 de enero de 2017.