ETICA Y CONOCIMIENTO REFLEXIONES AL MARGEN DE LO COTIDIANO

ETICA Y  CONOCIMIENTO: reflexiones al margen de lo cotidiano

Por: Arturo Arbeláez Cano[1]

Mientras la naturaleza se toma todo el tiempo para elaborar una nueva especie, un nuevo paisaje, una nueva condición, el hombre moderno quiere hacer las cosas con la inmediatez de la tecnología (notas en clase).

La búsqueda del conocimiento hace parte de la búsqueda de nuestra propia condición humana. No nos basta la experimentación sensorial de la cosa creada por la naturaleza y expuesta allí, si se quiere de manera “espontánea”, sino que, una fuerza interior nos impulsa a indagar por su naturaleza, por sus componentes y por su funcionamiento. Comprender esa complejidad del mundo y de sus contenidos, deviene en la posibilidad de que el hombre las reproduzca y con ello se reproduzca a sí mismo en el tiempo.

El conocimiento de algo nos permite explicar y replicar ese algo según la necesidad y la intencionalidad de nuestros actos. Encontramos el fuego, pero mantenerlo, conservarlo, crearlo y repetirlo, nos convirtió en observadores, en investigadores de un fenómeno con innegables beneficios; así que conocer su dinámica, sus componentes y su naturaleza, nos permitió disponer de ese fenómeno como instrumento y herramienta vital. También como instrumento de guerra y destrucción, y es aquí donde la dualidad bien y mal comienza a tomar forma en la discusión de la ética y el conocimiento.

Pero el conocimiento no solamente nos permite conocer y explicar algo, sino que mediante él, nos acercamos al ejercicio del “poder”. Poder discernir sobre el destino de una fruta infestada de hongos: ¿puedo darla como alimento o como tóxico? Poder liderar la ruta de las naves hacia puerto seguro o hacia el abismo. El conocimiento adquiere el carácter de instrumento de dominación y al mismo tiempo es signo emblemático de la ciencia y el saber.

La ciencia ha desbordado los límites de la razón; la ciencia y el conocimiento, entendidos como tarea de conocer la verdad objetiva, se constituyen en poder. Pero el poder no invoca necesariamente a la ética como doctrina de base para su ejercicio, como lo ejemplificaba arriba. La ética entra en pugna con el objeto mismo de la ciencia y el conocimiento.

La fisión del átomo, por ejemplo, a principios del siglo XX, que permitió disponer de inmensas cantidades de energía liberada por su división, pudo haber sido más útil para iluminar ciudades que para aniquilar pueblos.

La duda y el temor sobre la ética del empoderado por la ruta del conocimiento ponen en entredicho el vínculo entre el conocimiento, el poder y la ética. Esto significa someter y cuestionar si el empoderado sabe y si ese conocimiento lo impone con la fuerza del valor moral. Es bueno dejar claro que, por un lado, está el científico empeñado en avanzar sobre el conocimiento y por otro, quien se apropia de ese conocimiento para reproducir el poder. En la modernidad hemos visto como esta dicotomía se diluye al aceptarse la tecnocracia como modelo de administración del poder en el Capitalismo Occidental.

Para concluir esta primera parte debo afirmar que en la academia solemos restarle valor epistemológico a quienes se atreven a pensar libremente, autónomamente; cualquier afirmación o postura ideológica tiene que estar “protegida” por quienes pensaron primero: fulano dijo…, mengano sostiene…; en una suerte de actitudes imitativas que resuenan hasta que pasen de moda. Desvirtuamos el conocimiento no científico. Aquel fraguado al calor de la experiencia milenaria de nuestras culturas ancestrales, en una aceptación de la condena europea de hace quinientos años de ser indígenas (¿cercanos a la indigencia…cercanos a la desnudez?) y de ningún modo poseedores de los saberes y el conocimiento, no sistemático, pero sí producto de una realidad vivida.

Tanto del griego (ethos) como del latín (mores), la ética toma por significado costumbre. La ética referida a lo moral como forma usual del comportamiento humano; usos y costumbres “apropiados” transmitidos genéticamente desde los primeros tiempos. Es costumbre, es usanza, es forma de comportamiento, es actitud, es modo cultural. La ética, y con mucho atrevimiento de mi parte, se aplica a la condición del hombre como individuo, mientras que la cultura- derivada de aquella-  a la sociedad en su conjunto. Me parecen términos equivalentes, aunque a escalas diversas.

La ética primero como paradigma teológico: lo moral y lo inmoral, lo sano y lo insano, lo pecaminoso y lo limpio, lo blanco y lo negro; una dicotomía que hacía simple asumir una costumbre o una actitud ética; era solo cuestión de seguir los mandamientos de la ley divina.

El paradigma antropocéntrico, algo así como el contrato social, en el que se establecían las normas y las reglas como costumbre u observancia de la conducta del colectivo socializado, complejizó su estudio y aún sus significados. La ley, la norma y otra vez el comportamiento humano en relación con la moral y las buenas costumbres. La ética como signo conductual de nuestra existencia, lindero de linderos, lindero de la libertad.

Seguidamente el paradigma tecnológico, el conocimiento que le da cierta ventaja a quien puede acceder a él. Y es que, paralelo a ese conocimiento, se adelanta el proceso de institucionalización, buscando dejar por fuera a los que no pueden pertenecer a la academia. Y es que la academia ha de darle carta de reconocimiento al conocimiento.

Y después la modernidad, por no decir posmodernidad (cuño eufemístico si se tiene en cuenta el rezago de muchos apenas atisbando la modernidad); modernidad que nos muestra cómo se diluye la ética en el piélago del consumismo y del individualismo, condicionantes éticos comprometidos con otros valores de vida.

Y no es que todo tiempo pasado fue mejor, no. Es que la “civilización”, cargada de conocimientos, nos ha sido tan útil que hasta para entender nuestra propia crisis ha servido:

  “Lo mejor de la especulación intelectual y creativa

Que se ha hecho en Occidente en los últimos 150 años

Parece ser, incontestablemente, la más enérgica y verdadera

En la vida entera del hombre. Aún así, el resultado también

Incontestable de toda esta genialidad es nuestro sentido

De estar parados en las ruinas del pensamiento, y al borde de las ruinas

De la historia y del hombre mismo… La necesidad de consejo individual

Y espiritual jamás ha sido tan aguda”

(Susan Sontag)

Me ha correspondido abrir esta serie de disertaciones con un tema denso, complejo y lleno de matices. Se habla de la ética en un sinnúmero de profesiones: la ética del gobernante, la ética del asalariado, la ética como conducta individual o la ética como comportamiento del colectivo.

Más escabroso aún me resulta buscar y encontrar el vínculo entre el conocimiento y la ética, y llego a la “brillante” conclusión de que el vínculo entre la ética y el comportamiento humano sea este ilustrado u ordinario, no existe como algo optativo, sino que se trata de una condición inherente a la actuación humana. Se es o no se es ético cualquiera que sea la condición de su saber.

Se me ocurre reflexionar sobre la moral cristiana inscrita a valores de respeto, obediencia, bondad, generosidad; se me ocurre que frente al saber y al conocer, la conducta humana ha transitado desde lo teológico, inspirándose en La Fe, hasta la complejización de la realidad merced al método científico.

Así es, mientras que nos bastaba encontrar la verdad en Dios y obviar la reflexión o valoración del por qué la realidad era buena o mala, La Ilustración (entendida aquí como la incursión al conocimiento) nos abrió las puertas a la duda y a la posibilidad de cuestionar los valores impuestos por una autoridad religiosa o política. Las reglas y las normas que debían definir el comportamiento acostumbrado pasaban a ser objeto de una prueba crítica a la luz de una razón.

Pero esto reclamó largos y pesados siglos de oscurantismo religioso, y solo después del siglo XVI, con el surgimiento del movimiento Renacentista, habría de arrancar definitivamente una secuencia de revoluciones en lo político y económico desde Inglaterra, principalmente, pero irradiándose rápidamente al resto de Europa y, con el tiempo, a América.

Se produce entonces un cambio estructural en la filosofía, esto es que una teoría del conocimiento desplaza la visión metafísica del mundo. El método científico reclama el rigor en la búsqueda de la verdad, pero es tan perfectible, tan objetivo y tan poco humano que bien pronto aparecen las nuevas corrientes con su enfoque ético sobre si la verdad vale porque es producto del conocimiento objetivo o del conocimiento subjetivo. Tomas Khun y sus revoluciones científicas, las rupturas de paradigmas para adentrarse en la construcción de uno nuevo, la falsación de la verdad de Karl Popper y la invitación de Feyerabend a validar la verdad subjetiva, a humanizar la ciencia y a cuestionar el método científico, ponen a pendular la ética del conocimiento entre lo objetivo y lo subjetivo.

Hasta aquí un poco del contexto en el que se discute la ética y el conocimiento, pero, lo confieso, prevalece la dificultad de interconectarlos, aunque arriba me atreví a pensar que la valoración subjetiva podría definir ese vínculo. Podría reducirme a explicar esta comunión desde la simple expresión de la modernidad, en que el término ética ha asumido una dimensión difusa, mientras el conocimiento ha avanzado hacia los refinamientos extremos de pensar que ya lo conocemos todo, y pensar, en la misma línea, que quien posea el conocimiento, detenta el poder y que ese poder no necesariamente se sirve de la ética en su ejercicio de imposición.

“La civililización no suprime la barbarie, la perfecciona” Voltaire  

La civilización como conjunto de valores, hábitos, saberes y realizaciones humanas nos acelera en el tiovivo de la modernidad. La modernidad es esta civilización cargada de costumbres, usos y realizaciones que nos pone a girar en un modelo homogenizado, aunque nos caracterice la heterogeneidad.

La barbarie aquí, no como el estado silvestre y prístino de los nórdicos europeos (mal nombrados por el “despotismo ilustrado” de la época de Voltaire) sino como acepción de inhumanidad, desprecio por la vida, irrespeto por el prójimo, insolidaridad, indolencia, injusticia, mezquindad.

Se trata ahora de hacer una reflexión sobre la crisis de la civilización (la que conozco y la que vivo), y de quienes detentan el poder y desconfiguran u “ordenan” los espacios a su amaño y a su acomodo. Y digo desconfiguran si se tiene en cuenta que crece la confrontación armada entre una sociedad occidental apropiada de lo que denominan ellos mismos “civilización”, y grupos o Estados marginados que se resisten a inscribirse en el modelo occidental. Y en esta confrontación de acciones y de éticas comienza a tomar forma el desencanto, la pérdida de ilusiones y esperanzas de una sociedad que busca mejores condiciones. El desencanto como derrota anticipada de la utopía, claudicación de los anhelos relacionados con la estabilidad económica, la convivencia pacífica, el reconocimiento y, en fin, con la redención de los múltiples errores que en la historia se han interpretado como avances científicos o tecnológicos.

Y los medios, surgidos del poder mismo, son la herramienta por excelencia para arar en la mentalidad de las masas. Este trabajo de alta cirugía neurológica, que se aplica a configurar redes y circuitos de consumismos obsesivos, pauperiza aún más a la sociedad y la somete a transitar por espacios más reducidos del pensamiento.

Obran así los medios como “laxante” de la reflexión o “purificación” del pensamiento.  conduciéndonos a un estado de sopor próximo a la muerte del intelecto.

Todo está abonado para darle paso a la nueva modernidad, no a la modernidad con la que se salvarán las deficiencias alimentarias en los “quintos” mundos, o la pobreza y la marginalidad de las barriadas famélicas de Bombay o de Calcuta, de Nueva York o de La Paz, en donde, por la acción mágica de la televisión y del cinematógrafo, las realidades y las contradicciones humanas quedan relegadas al exotismo de los documentales de la National Geographic.

“Una primera dimensión del desencanto posmoderno es la perdida de fe en que exista una teoría que posea la clave para entender el proceso social en su totalidad. Nuestra época se caracteriza por un recelo frente a todo tipo de metadiscurso omnicomprensivo. Esta desconfianza nace de una intención totalitaria: de homogenizar lo que es extremadamente heterogéneo.” (Fischer, 2006).

Igualmente, el desencanto es una reacción al rechazo de ser observados por el sistema como totalidad, en el afán de ocultar nuestras diferencias, por lo que esa sociedad multi-variada pero homogenizada por el establecimiento, se guetiza, esto es, se concentra en unidades compatibles, se estratifica, se divide, ahondándose así en contradicciones particulares y en el emprendimiento de reivindicaciones grupistas, antes que en unidades para crear idearios colectivos y universales.

Los medios de comunicación de masas fueron “educastrando” a la sociedad antes que capacitándola en compromisos éticos y sociales. Los medios de comunicación modelaron unos arquetipos de belleza, de fuerza, de poder, de discriminación y obraron en la población resentimientos o resignaciones. Los unos toman rutas de desprecio por la vida o sobre-valoración de la misma en posiciones abiertamente revolucionarias, los otros, los más, toman su ración y siguen siendo “otro ladrillo más en la pared”.

“La historia del siglo XX resume la experiencia terrible de una humanidad   cuyo poder destructivo se desarrolló más rápidamente que la toma de conciencia de sus posibilidades y que el desarrollo de un imaginario social constructivo. Lo peculiar y específico del siglo es su locura destructiva: las dos grandes guerras, los totalitarismos, los campos de exterminio nazis, el Gulag, Hiroshima y Nagasaki, Corea y Vietnam, el genocidio camboyano, la guerra del Golfo, Bosnia, cientos de guerras anónimas, las grandes hambrunas africanas en el siglo de la abundancia y el genocidio silencioso y permanente del Tercer Mundo”. Revista Aquelarre, Unal, Bogotá, Anónimo sin fecha.

Pero estas reflexiones sobre la ética y el conocimiento no pueden estar al margen de lo cotidiano. La dureza de las imágenes que observamos a diario es una invitación a replantearnos nuestras costumbres, aún aquella costumbre de no prestarle atención a las preguntas:

-¿Van a matar mucha gente, papá?

-Nadie que conozcas querido. Sólo extranjeros. (John Le Carré, tomado de un artículo sobre la guerra de Irak de Eduardo Galeano)

 

REFERENCIAS

 

  1. Fischer, Mariano, 2006 Posmodernidad y desencanto, monografias.com
  2. Aquelarre, (sin fecha), Antiutopías de un siglo terrible: ficción y realidad, fotocopias pp 61-69, anónimo, Revista Unal, Bogotá.

[1] Ingeniero Agrícola, Geógrafo.

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LA NOVIA FEA: LA INDIGNANTE DECISION DE LA ALTA CORTE

LA NOVIA FEA: LA INDIGNANTE DECISIÓN DE LA ALTA CORTE.[i]

Por: Arturo Arbeláez Cano, para La Patria

Dicen las paredes: “una dosis es mucho, mil dosis son insuficientes…”

Quienes afirman que la legislación moderna en materia de uso de drogas permite definir quién es el inocente o el culpable en la cadena criminal del narcotráfico, cae en el más descarado reduccionismo científico.

Ese es un jurista cándido, un legislador de pacotilla, un despistado más que está lejos de comprender el complejo tejido delincuencial y de corrupción rampante que hoy hace cada vez más difícil el tránsito de la sociedad por el verdadero camino de la dignidad humana.

Son los mismos que afirman con indiferencia que cada uno viva feliz, siempre y cuando, en su campana de cristal, no ocurran las tragedias.

El joven que porta su dosis aumentada, que consume un poco más que ayer, el adicto, el enfermo, el que avanza sin dificultad por el hueco de la fatalidad y de la negación de sí mismo en sus vuelos fantásticos pero fugaces, no se escapa de la siniestra cadena de ilegalidad y destrucción y de los dramáticos efectos colaterales del negocio macabro de la droga. No es un caso policial en sí mismo, estoy de acuerdo, pero si está vinculado a la red del delito que es lo que tenemos que hacerle entender a nuestros jóvenes. Explicarles el riesgo al que se ven sometidos por quienes necesitan vender más y ganar más, ya sea generando consumo o manipulando la calidad.

Ese joven de 8 o 28 años que se ha convertido en el sustrato de donde se alimenta la maraña de implacables depredadores del vicio y la necesidad creada (narcotraficantes), están incorporados, gústeles o no, a ese ejercito de maldad; arrastrando, en la mayoría de los casos, a sus familias, a sus amigos, a la sociedad en su conjunto, al medio ambiente (si es que todavía queda medio).

Todos estamos montados en el mismo barco, cada vez más próximo al abismo del desencanto, de la frustración, del odio, del caos. Padecemos la inseguridad cotidiana, la vergüenza de estar parados frente a las aberrantes desigualdades gracias a un sistema complaciente y, por qué no, incompetente. Los barrios marginales, las zonas subnormales, las ollas, las galerías, el parque la gotera, el jardín de Freud, el jardín de las delicias, etc., todos estos,  como elementos estructurantes de un paisaje natural, aceptado y tristemente justificado muchas veces, trátese de las grandes ciudades o de ciudades intermedias o de campus educativos en donde avanzan sin reparos las redes de distribuidores inclementes.

Las estadísticas son elocuentes: el consumo aumenta vertiginosamente, desciende la edad de los muchachos que ingresan más tempranamente al círculo del vicio. Los narcotraficantes proliferan y prosperan sin que hoy puedan clasificarse en micros, macros o jíbaros. Todos cargan con su propio “pecado” el de ser los multiplicadores del Marketing del holocausto.

 

¿Qué hacer con estas disque “modernas” legislaciones? Preguntan los rectores de los colegios de educación media. Los de las universidades, donde los reglamentos están castrados por las contradicciones del derecho y el deber.

¿Qué hacer con estas disque “modernas” legislaciones? Preguntan los padres de familia, las madres cabeza de hogar, los familiares, los amigos y demás allegados que resisten con rabia e impotencia el vértigo de sus hijos por salir a consumir; que esperan con tristeza el momento para  poder rescatarlos de las redes del vicio, de las calles sórdidas y oscuras o de un antro nauseabundo. De esperar impacientes el retorno del hijo para volver a empezar un ciclo de dolor, de reproches, de culpas, de agresiones, de zozobra, de miedo, de terapias de choque, de desintoxicación y quizás de un  rescate definitivo, que es lo que siempre se desea pero que en pocos casos se consigue.

Se vienen adelantando por los entes policiales operativos efectivos, desmantelando redes delincuenciales que nos llenan de esperanza, pero retrocedemos en la prevención cuando se permite el porte de dosis mayores incrementando este negocio perverso.

¿Entendemos qué es prevenir? Yo creo que es disminuir cada vez más la dosis mínima, hasta que el adicto no la necesite y podamos separarlo del círculo delincuencial e incorporarlo a actividades deportivas, culturales, recreativas. Pero eso necesita presupuestos consistentes en manos de ejecutores trasparentes.

Si nos convencen que el problema de las drogas no es un problema del derecho penal si no del sistema de salud, estarán responsabilizándonos de un mal que padecemos todos, y serán los recursos económicos con que cuente el sistema, y cada víctima, los culpables, por cuanto esos recursos son escasos o inexistentes.

En este caso particular, en el que con razón se genera tanta discusión, el leguleyo de turno dio un golpe de astucia, defendiendo a los traficantes que siempre tendrán la defensa de alegar su propia adicción (pero por el dinero). Lo único claro es que el soldado violó la ley portando una cantidad no permitida. Quizás esté cantando victoria gracias a la candidez del legislador o al “esguince” jurídico del defensor. Averígüelo Vargas.

[1] A propósito del fallo de la Corte Suprema de Justicia en proceso contra soldado en posesión de más del doble de la dosis mínima (Diario El Tiempo 14 de Marzo de 2016).

– “A mi mamá no le gusta mi novia… pero yo estoy tragado y no la puedo dejar” – dicen en la calle los  muchachos.

OH BOY ‘PELÍCULA ALEMANA 2012

ANOTACIONES A PIE DE PELÍCULA

TITULO: OH BOY

DIRECTOR: JAN OLE GESTER

PAIS: ALEMANIA

AÑO: 2012

Sumatoria de claves con las que pretendemos explicar la complejidad de una relación existencial individual con una sociedad evolucionada hacia el absurdo y la ironía.

Es el desencanto del individuo frente a los formalismos de un mundo cotidiano en el que no existen discursos coherentes que expliquen y definan el sentido de la existencia.

Claudicación premeditada frente a un sistema que condiciona el comportamiento del sujeto, alienándolo y sometiéndolo al giro interminable de lo rutinario y lo esquizoide. Hay una enfermedad del ser que se manifiesta en el ejercicio de la melancolía, del desapego de la indolencia, de la indiferencia. El individuo esta desorientado, no encuentra el sentido ni la magnitud ni la dirección.

Es una sumatoria de acontecimientos que explican lo imposible porque no hay historia que contar. La película es la narrativa de una reflexión ontológica.

Primera escena: post amor. El desencuentro de la pareja al final de un encuentro del que no se pretende reconocer ni dejar vínculo o memoria. Desprendimiento, y en el fondo unos sentimientos contenidos. El amor queda en suspenso.

Segunda: el café es un imposible y, a su vez, justificación y pretexto hilarante para dejar fluir los acontecimientos inopinados que padece el personaje, quien aún para cuestiones tan simples, como la de proveerse una taza de café, encuentra los más sutiles obstáculos.

Tercera: el habitante de calle, vencido por la miseria, dispensa sus recontadas monedas para que nuestro personaje pueda completar los cuatro euros que le cuesta el café colombiano en una tienda de franquicia, donde no vale sino el código y la usura, dejando en evidencia como un desamparado depende de otro desamparado.

Él es objeto de la economía de mercado que lo ubica en una escala de poder, confirmándole que más allá de su propia miseria lo espera la frustración y el miedo. El habitante de calle ni se entera de los males ajenos pero la sociedad hace ejercicios aplicando la norma en el metro y en las calles de la ciudad gótica y variopinta: un Berlín desdibujado, melancólico y opresivo.

La música no detiene su tránsito a lo largo de la película, ella mantiene un ritmo narrativo que nos permite disfrutar del sarcasmo y la ironía de acontecimientos aparentemente aislados pero integrados en una experiencia visual y conceptual. La trompeta asordinada y la percusión rasgada le da sonoridad al curso de la vida. Como en el Jazz, con sus teclas en blanco y negro, la ciudad se convierte en punto de encuentros y desencuentros.

Se confirma la ruptura de los lazos filiales y la aparición de la psicosis en personajes hibridados que deambulan por las calles y los bares de mala muerte buscando la excepcionalidad o el exotismo de una modernidad atropellada.

La tragedia y las obsesiones encarnadas en el vecino que le persigue en su intimidad y que, a su vez, le descubre las suyas propias. Sensaciones y emociones para un escenario duro y frio. El cáncer y sus daños colaterales obrando en la tristeza de quien se refugia en el futbolín o el alcohol para disipar sus penas.

Y sigue la cinta ahondando en esa gran pregunta que nadie se hace: ni el actor del Reich, ni el dramaturgo dirigiendo un teatro del absurdo ni la actriz que no se convence del sentido que tiene su rol en el escenario. Todos perdidos, errando por los vericuetos de lo inexplicable o del significado de los acontecimientos.

Hay momentos que hacen aterrizar a nuestro personaje. Son momentos estelares de reencuentro con el prístino amor. La abuela, ignorando las maniobras comerciales de su nieto, pero disfrutando el placer y el confort de una silla reclinable, totalmente automatizada, le permite a Niko un regreso a la infancia por cuenta de la dulzura maternal de la anciana que insiste en mitigar su sed o su hambre.

Son muchas las claves, pero no se descifra aún el acertijo. Ellas siguen su rumbo caprichoso. Es un mundo en conflicto. Es un conflicto personal, individual, íntimo. Cuál el sentido, la dirección, la magnitud. Somos ese vector que define la vida? El éxito o el fracaso? ¿Estamos signados por la razón o exentos de la locura?

Dicen las paredes: “El que no sabe para donde va… seguramente llegará a otra parte”. Esa la sentencia que confirma el viejo, en una de las últimas escenas en el bar, cuando obstinadamente explica lo inexplicable y confirma esa angustia existencial que padecen los que comienzan a transitar por la vida adulta y que también padecieron los que hoy están de salida, con los brazos cruzados, esperando que Dios haga de las suyas.

Es una gran lección, pedagogía pura, acopio de elementos críticos para la construcción de pensamiento reflexivo y para la interpretación de la modernidad.

Crispetas para todos.

Carlos Arturo Arbelaez Cano

EL CAMINO

Para: Waira Caminante-La poética del caminar U.N. de Col.-Manizales 2017

 

El camino se abre como un libro de fuego

calcinando la tediosa presencia de las horas

con su tic tac cansino y desgastado:

es una cita más, impostergable.

 

En el libro los trazos, las letras, las grafías

son las claves que orbitan los asombros.

Su rumbo y el brillo de sus márgenes, alinderan el paso.

Es por esos recodos, donde se abre el paisaje

y el aire, con su carga de aromas y de efluvios.

 

Los guijarros que crujen bajo el fragor del paso,

se suman al eterno tejido de las huellas

con la trama indeleble de lluvias y ventiscas

que aligeran angustias cotidianas.

 

Se abandonan palabras condenadas,

y el silencio libera de los padecimientos.

Es ahora el lenguaje de los signos

ignorando la lógica de las formalidades.

 

Toda suerte de angustias se disipan

frente a la intensidad de los senderos;

la montaña y la noche te guardan un reposo

entre cada capítulo del libro que prospera.

El camino se estira en espiral de albores y de ocasos

circunvalando tantos puntos finales y partidas,

murmurando las voces de un retorno a la vida

como un diálogo de creaturas sagradas.

 

El camino y el libro son la reiteración de la memoria.

El camino y el libro se alternan en la ruta

para explorar en ti las emociones:

el libro surte sombras al camino,

el camino alumbra las palabras.

 

Son sabia nutritiva, matriz cósmica,

Son esa vía láctea de encuentro y desencuentro,

donde los elementos con sus azotes minan

agotando las fuerzas y acopiando intenciones.

 

El reloj cabecea su ciclo impenitente

marcando los segundos del cosmos y del hombre.

El camino es el viento, la lluvia y el glaciar

En cuyas cumbres reina la blancura sin mácula.

 

En las gélidas cimas, como los alquimistas,

la soledad hornea su purificación:

no hay nada putrefacto: solamente la nieve

merece mi silencio y mi ceguera,

mi loca conmoción y mi tristeza.

 

El camino es la ruta de la vida,

Quien se vara se queda a padecer

un tiempo transitorio e inclemente.

La historia se detiene inconclusa, imperfecta

reclamando recuerdos y promesas…

La historia te reclama los pasos,

la construcción de un libro… de un camino.

Escríbelo… transítalo… cincelando sus rutas.

 

FIN

 

Por: Carlos Arturo Arbelaez Cano

Manizales, mayo de 201

DIATRIBAS INOFENSIVAS por: Carlos A. Arbelaez Cano

COLOMBIA: DEL DESARROLLO A LA DECADENCIA

“La economía es una ciencia lúgubre” (T. Carlyle). Pongo esta cita a propósito de tantos guarismos con los que quieren convencernos los estadistas y tecnócratas al culminar los períodos de cada administración y después de tantas décadas de gobernantes venales y corrompidos. Décadas que seguirán marcando la caída vertiginosa de un país hacia la decadencia.

No podrán nunca entender la pobreza y la miseria de los pueblos, quienes desde sus casas de cristal pretenden ejercer la función pública. Nadie nacido en medio de las riquezas materiales y el boato, podrá jamás entender el significado de carencia, pobreza, miseria, desamparo, frustración, exclusión y violencia. Cualquier político sabrá dónde pueden desaparecerse 69.000 millones de pesos (por solo citar una cifra ya obsoleta) pero los pobres no tendrán nunca un misero cuartucho dónde puedan esconder tanto dinero; por eso, no son los pobres los que puedan dar razón de la corruptela afincada en lo más profundo de la avaricia del poder. Pero si serán ellos (los pobres) quienes carguen con los costos sociales que les heredan los saqueadores del erario público.

Estos son los sentimientos de muchos colombianos humillados y ofendidos, invisibles y anónimos en sus tragedias, que se quedan estupefactos ante tanto cinismo, ante tanta mentira, ante tanta sordidez acunada en las intenciones de nuestros “padres putativos de la patria”, enseñados a brindar con champán Laurent Perrier y a usufructuar los lujos y la riqueza mal habida en donde todos los demás son invisibles.

Tantos recursos naturales, tanta diversidad, tanto territorio, pero tan poca sociedad. Tanto tiempo perdido por la rapiña de los privilegiados desde los días de la primera independencia y la Patria Boba; tanta violencia y tanta pugnacidad de europeos, criollos y mestizos, amén de la barbarie y la ignominia de la conquista y la colonia, no posibilitó la construcción de una sociedad de intereses comunes. No pudo darle forma a proyectos compartidos o a aspiraciones colectivas que permitieran construir sociedad para que, desde esa sociedad, surgieran los ideales del desarrollo integral y sustentable.

No hay sociedad, sino un extenso conteo de bajas en combate y fuera de él, gracias a las históricas guerras sucedidas desde tiempos remotos en esta patria de nadie y de todos. Pareciera que fueran muchos los motivos invocados por el conflicto interno y “eterno” pero son contables, en los dedos de una sola mano, los motivos de la hecatombe. No hay una sociedad, hay un crisol de castas o sectores sumidos en una confrontación desigual de privilegiados y menesterosos, dando como resultado un hervidero de frustraciones, de abusos, de agresiones: unos y otros, en mayor o menor grado, impulsados en el carrusel de la indiferencia, de la maldad y de la mezquindad. Esta es una sociedad amañada en la anarquía, justificada en la corrupción y convocada al caos por una modernidad de pantomima y un desarrollo de inequidad si se miran con rigor las cifras y los guarismos, ya no de los economistas del desarrollismo, sino de los ríos de desamparados que pululan en las calles y en las avenidas de ciudades que avanzan sin ellos. Invisibilizados a ultranza pero acechandos desde sus covachas o desde la oscuridad de sus guaridas o desde su alucinado aislamiento.

Por eso hay quienes hablan de “zoo-ciedad”. Porque nos movemos como bestias intentando un espacio de sobrevivencia. Los privilegiados empujados por la inseguridad y la revancha, conminados en sus “guetos loft” o en sus islas paradisíacas, también la clase media, camino al deterioro de sus estándares de vida, también los menesterosos rechazando una segunda muda de ropa que les tira la caridad pública entronizada en este país de emergencias, porque no tienen dónde guardarla de repuesto. Todos reaccionando con la virulencia más indigna ante el fragor de una cotidianidad de gente desencantada, entregada al rebusque en las más nimias e inverosímiles profesiones.

Un país entregado a la rapiña de propios y extraños, de quienes tengan más poder armado o más poder de intriga y componenda. Los servicios públicos en manos de gordas multinacionales que abusan y conminan a las leyes de un mercado antropofágico las bases de una sociedad que se atropella entre sí para abrirse camino en una lucha por sobrevivir.

La gobernabilidad y la justicia en entredicho. Quién puede gobernar un país que transitó de la ilegalidad al cinismo más rampante, donde la fuerza de una economía de mercado sustituye lo que le da vigencia y razón de ser al Estado. Un Estado que desconoce los tres pilares que lo justificarían: la eficacia, la legitimidad y la estabilidad.

Seguimos asistiendo a un escenario de frustraciones y desasosiegos por la falta de seguridad. De seguridad en el mañana, de seguridad en el porvenir, en un inmediato futuro, en un mediano futuro y mucho menos en un (optimista) lejano tiempo de vejez y digna capitulación mortal. Vean este río de huesos, este río de sangre, este río de miseria que a su paso arrastra la dignidad de un país al estercolero de la infamia y la muerte moral. Vean estas calles del desamparo por donde vocifera su odio la masa de a pie en la rapiña por la subsistencia. Qué dignidad les puede quedar a quienes se hartan de la ostentación, del consumismo y de la acumulación, y qué dignidad les puede quedar a quienes se lanzan al rebusque desesperado (las grandes mayorías) en esta jungla de cemento que anuncia y promueve, con sus carteles de neón, el placer de la modernidad y las tecnologías. Un centralismo aborrecible, convierte a las pocas ciudades en verdaderos hervideros de la indecencia y la barbarie. Densidades de población para las cuales no se puede imponer un orden social por cuanto no se hizo primero una planeación urbana. Algo así como que las normas son imposibles de cumplir o aplicar.

Este país no puede aspirar al progreso y al desarrollo, entendidos en los términos del tecnicismo burocrático moderno (tecnologías, confort, consumo, educación, comunicación, justicia), porque nuestra evolución histórica está plagada de inequidades, injusticias, segregación, corrupción, improvisación, anarquía, depredación ambiental y ausencia de Estado.

No se puede pasar de la zorra al Subway sin hacer sociedad, sin tener superados los niveles mínimos de pobreza y de necesidades insatisfechas. Y es que esta es una sociedad sin garantías en la que hace curso, desde hace mucho tiempo, la corrupción, la anarquía y el todo vale.

Todo le queda corto a nuestras ciudades. Vías, vivienda, salud, educación, recreación, seguridad y optimismo. Para cada nuevo proyecto de infraestructura aparece desbordada una inmensa avalancha de usuarios que lo convierte en obsoleto e ineficiente al poco tiempo. Y así seguimos actuando para atender emergencias y no para prevenirlas.

Millones de desplazados por las múltiples razones harto conocidas, evidencian la deuda histórica en materia de ordenamiento territorial y planeación del desarrollo. La región Andina y su uso intenso, la herencia hispánica vergonzosa y vergonzante de discriminación y abuso, la concentración en cuatro o cinco ciudades de un proceso de poblamiento indiscriminado y forzoso, confirman las inocuas e inútiles pretensiones de descentralizar un país. Con los millones de desplazados que hoy reclaman alternativas de supervivencia y con los recursos con que hoy se cuenta destinados a asistirlos pero mal administrados, podríamos aprovechar para pensar en reingeniería-país. Un país con un territorio ajustado a la existencia de una sociedad y una sociedad ajustada a un territorio sostenible y sostenido. Podríamos pensar en la formación de una sociedad?

Descentralizar sin revisar los “privilegios” de las grandes ciudades que proclaman algunos tecnócratas de Harvard o el MIT (entre otras escuelas del inventado desarrollo económico) no es hacer patria. Pero quién, en este escenario de mercado antropofágico, de competencia agresiva, de economías de mercado, piensa en “hacer patria”, cuando ese concepto se ha prostituido en la búsqueda incansable del pan diario y en la enfermedad de siempre: la codicia, la ambición y la pasión.

Planificar nuevas ciudades en el piedemonte llanero, generando espacios ordenados donde puedan asentarse todos los actores del proceso económico y participar en la construcción de su hábitat bajo las normas y métodos de la planificación y el ordenamiento territorial, teoría y práctica de la geografía humana moderna que ya tiene larga trayectoria en diferentes partes del mundo, descongestionando los tradicionales y pretendidos centros urbanos de desarrollo que están a punto de reventar.

Necesitamos nuevas ciudades, al menos diez territorios ordenados para poblaciones no mayores a un millón de habitantes, replanteando las fronteras agropecuarias con las tecnologías adecuadas que respeten el medio ambiente y los ecosistemas. Para ello será necesaria la intervención del Estado, que canalice los recursos y ejerza los controles, que formule los planes integrales de desarrollo de servicios y los macroproyectos de ocupación del territorio.

Hace treinta años pude vivenciar los problemas en la región de La Mojana sucreña. Hoy son los mismos y mucho peores si se tiene en cuenta que la desatención de esta zona estratégica es de siglos. Los recursos que se destinan para mitigar los efectos disque de la ola invernal (y la deforestación y las malas practicas en las laderas aguas arriba del Cauca y Magdalena) se pierden o por acción de la corrupción o porque el problema medioambiental ha desbordado la capacidad de intervenir para corregir y solo queda la opción de recuperar y preservar.

Es un problema de explotación intensa de la región andina, sometida desde hace quinientos años a la más inmisericorde sobrexplotación, siendo su geología, procesos erosivos, sismicidad, calidad de los suelos y ecosistemas mucho más vulnerables, frágiles y sensibles.

La Transversal (Multimodal) de la Selva, El Tren Trinacional Transoceánico, centros agropecuarios, refinerías, producción de alimentos, textiles, fundamentalmente la ubicación de una red de empresas de extracción y transformación de bienes básicos y materias primas que generen millones de puestos de trabajo, dejando en los altiplanos de la zona andina (cinco ciudades) un sector terciario de la economía articulado y en red con la nueva “periferia”. Servicios financieros, gobierno, gestión de recursos e intercambios. No podemos seguir cargando una red vial insuficiente, movilizando materias primas, commodities y sus desechos y subproductos que al ser asimilados in situ por una industria de transformación y acondicionamiento ahorraría enorme cantidad de recursos, disminuyendo impactos ambientales y generando riqueza.

La decadencia es posible detenerla. El tema de la reconfiguración territorial y el ordenamiento o planificación del espacio ha sido objeto de mucha reflexión desde la academia pero no desde las ciencias del Estado. No desde la función pública. Y es que cuando de ordenar el territorio se trata, se debe abordar la penosa tarea de desenmascarar a los especuladores del suelo y a quienes ejercen perversas pero ancestrales prácticas de apropiación del territorio colombiano.

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